Una de las imágenes que no se me va de la cabeza ocurrió en un retiro de “sanación cuántica” en la Serra da Mantiqueira. En una sala blanca, con vista a un bosque perfectamente instagramable, treinta cuerpos de clase media alta respiraban al ritmo de una meditación guiada por una gurú que prometía “reconectar con la esencia original de la humanidad”. Sobre una mesa lateral, los celulares vibraban en silencio, llenos de notificaciones de bancos digitales, apps de entrega y plataformas de streaming.
Al final de la sesión, la gurú anunció la novedad: un programa de acompañamiento espiritual personalizado por inteligencia artificial, capaz de “leer el campo energético” de cada persona y sugerir mantras y ejercicios de sanación según su “perfil vibracional”. Pagable, por supuesto, en doce cuotas sin interés.
Mientras tomaba notas, no dejaba de pensar en otra escena, ocurrida semanas antes, al otro lado del país: una redada policial en las favelas de Río que dejó 160 muertos. Drones sobrevolando techos de zinc, helicópteros disparando, comandos con armas largas, todo coordinado por sistemas de inteligencia policial que mezclan bases de datos, reconocimiento facial y mapas de “áreas críticas”. En la televisión, el operativo aparecía como “operación exitosa contra el crimen organizado”. En los grupos de WhatsApp de las favelas, lo que circulaba eran audios llorando, fotos de cuerpos, mensajes sobre niños que no volvieron a casa.
Entre la sala de meditación y la favela sitiada, entre los mantras personalizados por IA y los algoritmos que ayudan a decidir quién es “objetivo legítimo” de la violencia estatal, hay un hilo que como antropóloga brasileña no puedo ignorar. Este texto nace en ese espacio de tensión, con los pies puestos en Brasil pero dialogando con una constelación más amplia de autores y conceptos.
Quiero leer la expansión contemporánea de movimientos espiritualistas, prácticas de autodesarrollo y esencialismos naturalistas como una respuesta desigual a la misma fuerza que organiza la infraestructura algorítmica de nuestro tiempo: un capitalismo tardío que produce, al mismo tiempo, la deificación del yo individual y la disolución tecnológica de las bases biológicas y ontológicas de ese sujeto.
Me apoyo en Simondon, Yuk Hui, Sloterdijk y otros, pero también en mis cuadernos de campo: programadores que meditan con apps mientras entrenan modelos de machine learning, mujeres negras que combinan rezos en el terreiro con activismo digital, jóvenes de la periferia que piratean WiFi para ver tutoriales de programación y videos de funk, madres que lloran a sus hijos muertos por balas “inteligentemente” dirigidas. Entre la promesa de una unidad espiritual originaria y la totalización tecnológica, se despliega una pelea por el sentido de lo humano.
I. La deificación del individuo y la crisis del thymós
Una escena que repito en mis notas es la fila frente a un coworking de lujo en São Paulo un lunes por la mañana. Jóvenes con notebook, muchas tote bags con slogans de “Do what you love”, muchas tazas reutilizables, muchos tatuajes minimalistas y también muchas ojeras. El coworking ofrece, además de escritorios y salas de reunión, “espacios de bienestar”: clases de yoga, meditación guiada, “respiración consciente”. El paquete “premium” incluye sesiones de coaching espiritual con ayuda de una app que registra el estado de ánimo del usuario y ajusta las prácticas recomendadas.
En este ecosistema, el sujeto aparece como algo sagrado. Todo parece girar en torno al “supremo valor de la persona” y su derecho a la autoexpresión. La promesa es siempre la misma: realizar tu máximo potencial, “convertirte en tu mejor versión”. La espiritualidad de mercado se acopla perfectamente al imaginario liberal de autoafirmación que Sloterdijk describe cuando habla del thymós: ese orgullo competitivo, esa búsqueda agresiva de circunstancias para exhibir ante un público las propias fuerzas y ventajas.
Aquí, el yoga y la meditación no son formas de disolver el yo, sino de pulirlo. No se trata de renunciar al ego, sino de optimizarlo para que rinda mejor en la carrera meritocrática. El mantra de fondo podría ser: “ser espiritual es ser más eficiente, más resiliente, más competitivo, pero sin parecer que compites”.
El problema, como señala Sloterdijk, es que este régimen de autoafirmación no es igualitario. El capitalismo tardío ha inventado una economía de la hiper retribución. Un pequeño grupo de individuos y empresas, muchas de ellas del sector tecnológico, se apropia de proporciones grotescas de riqueza y capacidad técnica. Son quienes pueden delegar tareas a ejércitos de máquinas, extender su salud, externalizar el trabajo sucio y automatizable. El resto, la mayoría, se mueve en un espacio donde la promesa de “satisfacción plena” de las necesidades intelectuales y materiales no se cumple.
Es aquí donde el thymós se tuerce en resentimiento. El sistema produce, casi como subproducto, un gran depósito de envidia, rabia y mal humor entre los “derrotados” de la competición. Personas que, sin dejar de ser fanáticas del consumo, del crédito y del smartphone, experimentan diariamente la humillación de sentirse prescindibles.
Cuando entrevisto a practicantes de terapias “cuánticas” o seguidores de gurúes neoespirituales, escucho muchas veces una misma frase: “La ciencia miente, la ciencia está vendida, los libros mienten, mi verdad está en mi corazón”. No es solo ignorancia o conspiranoia. Es el eco de una experiencia concreta: la sensación de que el mundo de la ciencia es un club privado que legitima las voces de quienes ya tienen poder. La objetividad “encerrada en los libros de texto” se percibe como una estructura que garantiza la posición del “Ojo que todo lo ve”: el experto, el Estado, el dios uno, el algoritmo.
En ese contexto, la espiritualidad ofrece algo que el mercado de datos y diplomas no puede ofrecer con facilidad: reconocimiento incondicional. En un círculo espiritual, no importa tanto tu currículo, sino tu “energía”, tu “proceso”, tu “camino”. Ese giro afectivo tiene algo bellísimo y algo peligrosamente funcional al mismo tiempo. Belleza, porque responde a necesidades reales de dignidad. Funcionalidad, porque al replegar el conflicto hacia lo “vibracional” y lo “cármico”, disuelve su dimensión política.
II. Disolución tecnológica y nostalgia del sujeto orgánico
En otro extremo de mi trabajo de campo, visité una startup de IA que vende soluciones de bienestar para grandes empresas. En una de sus demos, mostraron cómo su sistema podía combinar datos de productividad, pausas, ritmo de tecleo, expresiones faciales captadas por la webcam y resultados de tests de salud para detectar “riesgo de burnout” y proponer intervenciones. Las intervenciones incluían, por supuesto, cursos de meditación, sesiones de mindfulness y uso intensivo de una app que recomendaba ejercicios de respiración según el nivel de estrés medido en tiempo real.
Ahí se ve con nitidez la otra cara del mismo proceso. La ciencia y la técnica contemporáneas han dejado de tratar a los cuerpos como entidades estables, y los perciben cada vez más como conjuntos de flujos de información. La cibernética desplazó el foco desde los organismos a los sistemas de comunicación y control. La genómica reescribió al “hombre” como objeto de gestión científica, como secuencia manipulable. La IA añade, ahora, una capa donde incluso aquello que imaginábamos más irreductible, como la creatividad o la emoción, aparece como algo susceptible de simulación, modelado y optimización.
Simondon diría que aquí se consuma la ruptura de la antigua experiencia mágica del mundo. En el mundo mágico, la diferencia entre sujeto y objeto no estaba fijada. Había una red de puntos clave, figuras y fondos en continua transducción, donde las montañas, los ríos, los ancestros y las herramientas compartían un espacio de intensidad. Con el advenimiento de la cultura occidental, esa red se desfasó en dos direcciones: un pensamiento técnico, que especializa la figura y busca la pluralidad, y un pensamiento religioso, que especializa el fondo y busca la totalidad.
Nuestros espiritualismos esencialistas, con su insistencia en un “cuerpo sagrado” y una “naturaleza incontaminada”, son intentos de recomponer esa unidad rota, pero lo hacen en un contexto donde la realidad técnica ya ha modificado radicalmente la textura de lo viviente. La biotecnología y la IA no son simples herramientas externas, son modos de organización del mundo que reescriben las fronteras entre lo orgánico y lo artificial.
El sujeto que reclaman muchos discursos espiritualistas es un sujeto orgánico intocable, supuestamente anterior a cualquier codificación. Pero este sujeto, tal como se formula, ya no existe más que como ficción defensiva. Los cuerpos están atravesados por farmacología, por redes eléctricas, por fibras ópticas, por plataformas digitales. La “pureza” orgánica que se añora es más mito que genealogía. Cuando en un retiro se habla de “limpiar toxinas energéticas” mientras se paga con tarjeta contactless y se comparte el evento en Instagram, uno ve con claridad que no hay exterior absoluto a la tecnicidad. Lo que hay son modos distintos, más o menos conscientes, de habitarla.
III. Gestell, policía y tecnodiversidad en ruinas
La redada en Río de Janeiro que mencioné al inicio, con sus 160 muertos, es un ejemplo brutal del Gestell en acción. No se trata solo de la violencia policiaca, que es antigua en Brasil, sino de su integración con infraestructuras tecnológicas que reorganizan la mirada del Estado. Bases de datos que cruzan antecedentes, patrones de consumo, geolocalización, huellas digitales. Algoritmos que definen “puntos calientes” de criminalidad. Drones que sobrevuelan, cámaras que reconocen rostros, mapas en tiempo real que marcan zonas “a intervenir”.
Desde la perspectiva de esos sistemas, la favela aparece como un “reservorio” de cuerpos disponibles, una especie de naturaleza humana degradada que puede ser gestionada, explotada o eliminada. Esta lógica de reserva, de fondo explotable, es la misma que se aplica a bosques, ríos o minerales. El Gestell, esa estructura de emplazamiento de la que habla Heidegger y que Yuk Hui retoma, convierte todo lo que existe en recurso. La vida en la favela no es vida plena, es stock de riesgo, es dato, es “caso” en un dashboard policial.
Cuando entrevisto a habitantes de esas favelas, escucho un tipo de espiritualidad muy distinta a la del coworking. Hay rezos al santo, promesas a entidades del candomblé, plegarias a Jesús, rituales improvisados de protección contra las balas. Pero también hay otra cosa: radios comunitarias que transmiten alertas sobre movimientos policiales, grupos de WhatsApp que comparten la posición de los blindados, jóvenes que aprenden a desactivar geolocalización para que su teléfono no delate su rutina.
Allí aparece una intuición concreta de lo que Yuk Hui llama tecnodiversidad. No se trata de “otra cultura” decorativa, sino de otras formas de articular técnica, cosmos y comunidad. La radio comunitaria, el grupo de mensajería, el servidor casero son elementos de cosmotécnicas locales que no encajan totalmente en la lógica mono tecnológica de las grandes plataformas.
Mientras tanto, los discursos espiritualistas de clase media alta, los retiros de “sanación energética” y los coaching vibracionales hablan largo y tendido de “elevar la frecuencia del planeta”, pero casi nunca mencionan redadas, ejecuciones sumarias, genocidio de población negra. La “unidad original” que buscan es una unidad abstracta, sin cadáveres, sin cables, sin barrio. Es una totalidad imaginaria que flota por encima de las materialidades del Gestell.
Frente a la totalización de la técnica moderna, Hui propone la fragmentación de la temporalidad histórica y la afirmación de múltiples cosmotécnicas. Desde Brasil, esta propuesta resuena con las luchas indígenas por el territorio, con las teologías negras de la liberación, con las prácticas de software libre en las periferias urbanas. Pero la fragmentación no puede ser solo espiritual, tiene que alcanzar la infraestructura. No basta con decir “yo elijo otra energía” si pago mi meditación con la misma tarjeta que financia empresas implicadas en proyectos de vigilancia.
IV. La paradoja de la optimización espiritual
Aquí llegamos a una de las paradojas centrales que veo en mi trabajo. Incluso cuando se presentan como resistencia frente a la IA y el poder tecnocrático, muchos movimientos espiritualistas adoptan la misma lógica de optimización que los sistemas algorítmicos. Cambian las palabras, se suaviza el diseño, huele a incienso, pero la gramática es parecida.
En el mundo de la IA, la obsesión dominante es la maximización de una función de recompensa. Se entrena un sistema para lograr objetivos específicos de manera cada vez más eficiente. En escenarios extremos se habla de superinteligencias dedicadas a un trabajo monótono, de alta intensidad, sin descanso, que podrían sacrificar todo aquello que consideramos valioso en nombre de una métrica: arte, juego, humor, conversación, tradición, espiritualidad. Desde la axiología humana, ese mundo sería aborrecible y sin valor, aunque fuera perfecto según el criterio de la máquina.
Algo similar ocurre cuando la espiritualidad se convierte en herramienta de “gestión emocional” en empresas o en producto de autoayuda. El yo se trata como un sistema cibernético que necesita calibración. Se monitorean estados internos, se registran avances, se ajustan prácticas. El objetivo ya no es salvar el alma, sino reducir el estrés, aumentar la productividad, mejorar la “marca personal”. El gurú funciona entonces como un ingeniero de valores, una especie de alignment researcher del espíritu, que intenta introducir objetivos “correctos” en un sistema inestable.
Simondon advirtió que, cuando transferimos a las máquinas la capacidad de dar forma y tener un fin, corremos el riesgo de olvidar que nuestra intimidad no se reduce a lo actual. El ser humano, para él, es la relación entre lo actual y lo virtual, algo que ninguna máquina puede agotar. Las prácticas espirituales podrían ser, en principio, formas de reconectar con esa virtualidad, con la dimensión preindividual que escapa a la captura de datos.
Sin embargo, en el contexto del individualismo capitalista, esa virtualidad se convierte con frecuencia en un nuevo campo a optimizar. Lo veo en amigas que se sienten culpables porque “no meditan lo suficiente”, porque “no se iluminan lo bastante rápido”, porque “no manifiestan correctamente”. Lo veo en hombres que transforman el lenguaje de los chakras en un nuevo vocabulario de rendimiento. Lo siento en mi propio cuerpo cuando abro una app de meditación que me muestra una racha de días cumplidos y me felicita como si hubiera cerrado un “ciclo de productividad espiritual”.
Esta colonización algorítmica de la vida interior no es un problema secundario. Es parte de la misma tendencia que convierte a la favela en dato, al usuario en perfil de consumo y al bosque en crédito de carbono. La espiritualidad que se deja capturar por la lógica de la optimización reproduce en el alma lo que el Gestell hace en el mundo.
V. La tarea de la cultura: mediar, inventar, traducir
Si algo aprendí leyendo a Simondon es que ni la tecnofobia ni la tecnofilia nos sirven. Rechazar la técnica en bloque, como si fuera una contaminación externa, es desconocer la realidad humana sedimentada en los objetos y sistemas técnicos. Adorarla sin crítica es entregar la capacidad de pensar el sentido de lo que hacemos a los ingenieros y a los mercados.
La cultura, dice Simondon, debe ampliarse para integrar la realidad técnica. Eso significa inventar lenguajes, instituciones y prácticas que permitan traducir el sentido de las técnicas y de las religiones a un plano común, donde puedan entrar en relación sin absorberse mutuamente. El ser humano no puede ser esclavo de las máquinas ni exiliado voluntario de ellas. Su lugar es el de mediador entre elementos, individuos y conjuntos técnicos.
Desde mi lugar de antropóloga brasileña, hija de migrantes nordestinos y habitante de ciudades atravesadas por cables, sangre y wifi, esa mediación empieza por una tarea doble.
Por un lado, desmontar el esencialismo naturalista que sueña con un “afuera puro” de la técnica. No hay retorno a un cuerpo anterior al plástico, a una naturaleza anterior al agronegocio, a una alma anterior a la colonización. Lo que sí puede haber son prácticas que rehagan la relación entre técnica y vida de manera menos destructiva.
Por otro lado, disputar la forma concreta que toman nuestros sistemas técnicos. La tecnodiversidad de la que habla Yuk Hui no es una colección de tradiciones exóticas para turistas, sino la posibilidad de que diferentes pueblos inventen formas propias de ensamblar cosmos y técnica. En Brasil, eso puede significar servidores autónomos en territorios indígenas, radios comunitarias en quilombos, centros de datos alimentados por energías renovables gestionados por cooperativas, algoritmos de IA entrenados en lenguas y relatos que hoy se consideran “residuales”. También puede significar tejer redes de cuidado que se apoyen en plataformas, pero no se definan por ellas.
El resentimiento que Sloterdijk describe, y que veo materializado en la rabia contra la “ciencia vendida” o contra “la IA que viene a quitarnos todo”, no tiene por qué convertirse en cinismo o nihilismo. Puede ser combustible para esta tarea de invención. Pero para eso necesita salir de la burbuja vibracional y tocar tierra: preguntarse qué espiritualidad puede tolerar vivir al lado de una redada con 160 muertos sin nombrarla, qué comunidad puede seguir hablando de “amor incondicional” sin hablar de policía, renta, hambre, cables, códigos.
La inteligencia humana, si quiere seguir llamándose así, tendrá que incluir modos no racionales de relacionarse con el mundo, sí, pero también la responsabilidad de diseñar y habitar infraestructuras. Filosofar, en este contexto, no es retirarse a las alturas, sino ejercer una función que fue antes de los mitos y luego del arte: estructurar el caos del devenir en formas que permitan la continuidad de la vida. A veces, eso significará decir no a un tipo de innovación. Otras veces, significará torcer una herramienta hasta que sirva para algo que sus diseñadores no habían previsto.
Al final, el esencialismo espiritualista que idealiza un yo desnaturalizado de toda técnica se queda corto frente al desafío. Pelea contra la desnaturalización del yo, sí, pero lo hace montado en las mismas infraestructuras que critica, muchas veces sin nombrarlas. Desde donde escribo, entre retiros de “sanación cuántica” y favelas militarizadas por drones, la pregunta se vuelve inevitable:
Si el ser humano está llamado a ser mediador entre lo técnico y lo viviente, si nuestra intimidad es ese entrelugar entre lo actual y lo virtual que ninguna máquina puede agotar, ¿cómo cultivar una cultura técnica que honre la pluralidad de mundos, que escuche las cosmotécnicas afroindígenas y periféricas, y que convierta la energía del resentimiento en motor creativo para fragmentar y descolonizar la gran máquina global, sin caer en la nostalgia de una pureza que nunca existió?
No tengo una respuesta definitiva. Lo que tengo son escenas, cuerpos, cables, rezos, líneas de código, lágrimas y risas anotadas en mis cuadernos. A eso, por ahora, lo sigo llamando trabajo de campo. Y también, aunque suene antiguo, lo sigo llamando esperanza.

