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El Chip y la Espada:

Militarismo e Inteligencia Artificial en la Era del Cyborg
El Chip y la Espada:

El Chip y la Espada: Militarismo e Inteligencia Artificial en la Era del Cyborg

La Inteligencia Artificial y la alta tecnología contemporánea no llegan a nuestras vidas como una promesa abstracta de progreso, sino como infraestructuras ya incrustadas en la organización material de la existencia. No son herramientas neutrales que esperan ser orientadas éticamente, sino dispositivos nacidos en territorios específicos de poder: el complejo militar-industrial, el capitalismo financiero y una larga tradición patriarcal de control sobre los cuerpos. El cyborg no es una fantasía futurista. Es una figura histórica. Es el resultado de décadas de experimentación sobre cómo extraer más rendimiento, más obediencia y más previsibilidad de la vida.

En este sentido, el cyborg es el hijo ilegítimo del militarismo y del capitalismo contemporáneo. No porque mezcle carne y metal, sino porque convierte el cuerpo en recurso estratégico. Un cuerpo conectado, monitorizado, optimizado, siempre disponible. Donna Haraway habló de la “informática de la dominación” para describir este régimen. Hoy podemos decir que esa informática no solo administra información: administra tiempo vital, energía afectiva y capacidad de reproducción social.

La guerra contra la vida cotidiana

La matriz militar de la IA no se expresa únicamente en armas autónomas o drones de combate. Se expresa, sobre todo, en la forma en que la lógica bélica se infiltra en la vida cotidiana. El esquema C3-I (Comando, Control, Comunicación e Inteligencia) no es solo una doctrina militar. Es un modelo general de gobierno de lo vivo. Bajo este paradigma, los cuerpos dejan de ser organismos complejos y se convierten en sistemas gestionables, flujos de información que deben ser corregidos, anticipados y, si es necesario, neutralizados.

Esta transformación no es inocente. Implica una pedagogía profunda. El cuerpo ya no se entiende como lugar de experiencia, deseo o vulnerabilidad, sino como interfaz defectuosa que debe ser optimizada. La inteligencia se redefine como capacidad de procesamiento. La comunicación se vuelve transmisión eficiente de señales. Todo lo que no encaja en este modelo, la lentitud, el cansancio, el cuidado, el conflicto, aparece como ruido.

Aquí la IA hereda directamente la lógica militar: no se pregunta por el sentido de la vida que organiza, sino por su rendimiento. No se interesa por la justicia, sino por la predicción. No busca comprender, sino anticipar y controlar.

Cuerpos agotados, datos infinitos

Desde una perspectiva materialista, lo que está en juego no es solo el control, sino la extracción masiva de trabajo invisibilizado. Como señaló Silvia Federici respecto al capitalismo temprano, toda fase de acumulación requiere un nuevo cercamiento. Hoy ese cercamiento no se limita a la tierra o al cuerpo reproductivo femenino. Abarca el lenguaje, la atención, la memoria, los vínculos.

La IA funciona porque millones de cuerpos sostienen su operación sin aparecer en su relato: personas etiquetando datos, comunidades enteras convertidas en fuentes de información, trabajadores siempre conectados, territorios sacrificados para alimentar centros de datos. La promesa de automatización descansa sobre una intensificación del trabajo reproductivo y afectivo, ahora digitalizado y permanentemente vigilado.

El cyborg contemporáneo no es un soldado con implantes. Es la persona agotada que responde mensajes a toda hora, que acepta ser medida, puntuada, comparada. Es el cuerpo que internaliza la lógica del control y la reproduce voluntariamente, porque no ve alternativa.

La guerra como atmósfera permanente

Mark Fisher describió el realismo capitalista como la sensación de que no hay afuera posible. La militarización algorítmica opera de forma similar. No se presenta como imposición violenta, sino como clima ambiental. Vivimos dentro de sistemas de vigilancia que se justifican como comodidad, seguridad o eficiencia. La guerra ya no irrumpe. Se vuelve fondo.

La estetización tecnológica del conflicto contribuye a esta anestesia. Drones, cámaras térmicas, mapas de calor. La violencia aparece limpia, distante, casi abstracta. Pero esa distancia no elimina el daño. Lo redistribuye. Los cuerpos que reciben el impacto rara vez coinciden con los cuerpos que toman las decisiones. Esta asimetría es constitutiva del poder tecnológico contemporáneo.

En América Latina, esta lógica se manifiesta con particular crudeza. Sistemas de vigilancia implementados en barrios populares, tecnologías importadas que clasifican poblaciones como riesgo, dispositivos de control que enseñan quién es prescindible. Aquí la IA no solo administra seguridad. Produce subjetividades habituadas a la desigualdad y al castigo.

Algoritmos que enseñan a obedecer

Rita Segato ha insistido en que el poder moderno es pedagógico. No solo reprime. Educa. La IA militarizada es uno de los grandes dispositivos pedagógicos de nuestro tiempo. Enseña que la vigilancia es normal. Que la evaluación constante es inevitable. Que la exclusión es técnica, no política.

El algoritmo no es neutral. Clasifica. Jerarquiza. Decide qué vidas merecen atención y cuáles pueden ser descartadas sin escándalo. Esta violencia no siempre mata, pero despoja de agencia, de palabra y de futuro. Es una violencia lenta, acumulativa, profundamente eficaz.

La fantasía de una inteligencia desencarnada refuerza esta pedagogía. Al presentar las decisiones como resultado de cálculos objetivos, se borra la responsabilidad política. La crueldad se disfraza de procedimiento. El mando se oculta detrás del código.

Contra la inevitabilidad tecnológica

La alianza entre IA y militarismo expresa el núcleo de una cultura que teme la vulnerabilidad y busca eliminarla. Una cultura que percibe el cuerpo como problema y el cuidado como ineficiencia. Esta es una guerra contra la vida tal como se vive: irregular, contradictoria, dependiente de otros.

Frente a esta lógica, resistir no significa rechazar toda tecnología, sino romper la idea de que solo existe una forma posible de técnica. La tecnodiversidad no es una moda ni un eslogan. Es una necesidad política. Implica reconocer que toda tecnología encarna una visión del mundo y que, por lo tanto, puede ser disputada.

En América Latina, esta disputa no parte de cero. Existen saberes comunitarios, prácticas cooperativas, economías del cuidado y formas de organización que pueden dialogar con la tecnología sin someterse a su guion militar. La tecnodiversidad aquí no consiste en competir con Silicon Valley, sino en reapropiarse de la técnica para sostener la vida, no para administrarla como recurso.

El verdadero campo de batalla

El conflicto central no se libra solo en territorios físicos ni en presupuestos militares. Se libra en el lenguaje. En las metáforas que usamos para hablar de inteligencia, seguridad, eficiencia. Mientras aceptemos sin cuestionar el vocabulario del mando y el control, la informática de la dominación seguirá operando incluso en proyectos que se dicen alternativos.

Desmilitarizar la IA implica recodificar sus lenguajes, devolverle opacidad al cuerpo, valor al cuidado, legitimidad a la lentitud. Implica aceptar que no todo debe ser optimizado, ni medido, ni anticipado. Que hay dimensiones de la vida que no pueden convertirse en datos sin perder algo esencial.

El cyborg, entonces, deja de ser la figura del soldado aumentado o del trabajador perfecto. Puede convertirse en una figura de alianza imperfecta, donde tecnología y cuerpo no se subordinan a la guerra, sino a la reproducción ampliada de la vida.

La metáfora del cyborg militarizado no habla del futuro. Habla del presente. De cuerpos cansados sosteniendo sistemas que prometen eficiencia a costa de su agotamiento. De tecnologías que enseñan a obedecer mientras se presentan como inevitables.

Si la IA es hoy un campo de disputa biopolítica y cultural, la pregunta no es si podemos detenerla, sino qué tipo de vida estamos dispuestos a sacrificar para que funcione sin fricción. Y, sobre todo, qué formas de tecnodiversidad podemos construir desde América Latina para que la técnica vuelva a estar al servicio de los cuerpos que la hacen posible.

Elena Barrenechea

Elena Barrenechea

(Buenos Aires, 1968) es filósofa y ensayista. Se desempeña como docente e investigadora en universidades públicas argentinas, donde trabaja sobre tecnología, poder y reproducción de la vida en el capitalismo contemporáneo. Sus textos abordan la relación entre cuerpos, vigilancia y violencia algorítmica en el Sur global. Publica de manera esporádica y rehúye el optimismo tecnológico como forma de pensamiento.

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Comentarios

Ana M.Hace 2 horas

Increíble reflexión. Suda La Lengua siempre en la vanguardia.

Jorge L.Hace 5 horas

Totalmente de acuerdo con el punto sobre la estética brutalista.

Suda FM